2025-07-15

Legado puntano y olvido

Las hermanas de Pringles: indigencia, memoria y gratitud patria

Úrsula y Melchora Pringles, hermanas del coronel Juan Pascual Pringles, vivieron en la pobreza más extrema y debieron pedir ayuda al Congreso en nombre del héroe de la independencia. Su historia revela una deuda moral con quienes forjaron la patria. La carta que el yerno de San Martín escribió al general Mitre y el pedido de “limosna”.

La historia de Juan Pascual Pringles, símbolo del coraje puntano y prócer de la independencia argentina, no termina con su gesta heroica ni con su trágica muerte en 1831. Una página menos conocida, pero igual de reveladora, es la de sus hermanas menores: Úrsula y Melchora, quienes terminaron sus días en la indigencia, apelando a la gratitud de una patria que su hermano había ayudado a forjar con su vida.

A casi cuatro décadas de la muerte de su hermano Juan Pascual, Melchora envió una solicitud al Congreso de la Nación en 1869. Vivía en Buenos Aires, ya viuda y con una hija discapacitada, sin recursos para subsistir. Pidió acogerse a la ley que otorgaba pensiones graciables a familiares de héroes de la independencia.

“Si hoy tenemos patria es gracias a hombres como Pringles”, dijo Mitre en el senado de la Nación.

DE MENDOZA A LA GLORIA

La familia Pringles no era originaria de San Luis. Gabriel Pringles, padre del coronel, había llegado desde Mendoza en 1786. Se casó con Andrea Sosa y tuvo seis hijos, entre ellos Juan Pascual, nacido en 1795, y las hermanas que protagonizan esta historia: Úrsula (1802) y Melchora, quienes quedaron huérfanas de madre a temprana edad.

Melchora se casó con un exoficial realista, Juan Ruiz Ordóñez, y se fue a vivir a Barcelona. Úrsula, por su parte, contrajo matrimonio con el mendocino José Eusebio Gutiérrez y residió en Buenos Aires. Ambas vivieron sus últimos años en condiciones de extrema necesidad.

EL RECHAZO Y EL DEBATE

El 23 de julio de 1869, la comisión militar del Senado rechazó el pedido de pensión de Úrsula. Alegaron que no había fondos, que no era descendiente directa del coronel —sino hermana— y que, en todo caso, debía acudir a instituciones de caridad. Fue un fallo duro e insensible.

Sin embargo, el senador por San Luis, Juan Llerena, defendió enérgicamente el pedido. “Aun cuando la comisión propusiese una negativa, debía haber usado términos más considerados”, dijo. Y agregó: “Pringles murió cuando la nación le adeudaba todos sus sueldos. Nunca cobró”.

La defensa más apasionada la hizo Bartolomé Mitre, senador por Buenos Aires y expresidente de la Nación. Recordó que, gracias a hombres como Pringles, la Argentina tenía una patria. Y sentenció: “Si no hay fondos, la pensión debería salir de nuestro bolsillo”.

UNA DECISIÓN QUE HIZO JUSTICIA

Gracias a esas voces, la pensión fue aprobada. Se estableció una asignación de 50 pesos fuertes mensuales, dividida entre Úrsula y Melchora. La ley 604 de 1869 fue sancionada con el apoyo unánime del Congreso.

Mitre incluso aportó una carta del embajador argentino en París, Mariano González Balcarce, quien había visitado a Melchora en Barcelona y confirmó su miseria. “Hermana de uno de los más ilustres soldados de nuestra independencia”, escribió, y dijo haberla asistido con dinero de su bolsillo.

AQUELLA CARTA

El inagotable Archivo del General Mitre, nos ofrece un dato interesante en una carta que le escribió Mariano Balcarce desde París el 7 de octubre de 1863: "Antes de mi salida de Madrid recibí una carta de una paisana, doña Melchora Pringles de Ruiz, casada con un capitán español retirado, que con dos hijas enfermas (una nacida en San Luis y la otra en Mendoza) se hallan en Barcelona en la mayor miseria, y me pide la socorra con una limosna, interponiendo el recuerdo de los servicios que prestó en la Guerra de la Independencia su desgraciado y valiente hermano, el general Pringles. Escribí inmediatamente, pidiendo informes al respecto de esta pobre familia, y los que he recibido confirman plenamente lo que la señora de Ruiz me dice. Le he remitido una suma de veinte duros, sintiendo no poder hacer más en su obsequio, y la recomiendo a la consideración de Ud. y del Gobierno, pues su hermano, el infortunado general Pringles, fue un buen servidor de la Patria”.

UNA HISTORIA QUE INTERPELA

Este episodio es mucho más que una anécdota: es un llamado a reflexionar sobre la gratitud histórica. Las hermanas de Pringles no buscaron honores, solo un sustento mínimo para sobrellevar la vejez. Y debieron suplicar en nombre de un apellido que la historia ya había glorificado.

“Si hoy tenemos patria es gracias a hombres como Pringles”, dijo Mitre. Y si eso es cierto, también lo es que sus hermanas pagaron con silencio y pobreza la gloria ajena. El Congreso de 1869, con sus luces y sombras, hizo justicia.

Hoy, a más de 150 años, conocer esta historia es un acto de memoria. Y también, una forma de decir que no todo está perdido cuando aún quedan gestos de gratitud.

 

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