Religiosidad
Cientos de personas se acercaron a conocer el misterio del Monasterio de Belén
Por unas pocas horas, en un lugar donde el silencio es sagrado irrumpieron voces forasteras. Ruidos ajenos. Sonidos extraños. Ocurrió el sábado 30 de diciembre de 2017, en un espacio de atmosfera de recogimiento y en un día sofocante.
Sucedió en el momento en que la comunidad de las monjas de Monasterio de Belén abrió sus puertas al público, un hecho inusual ya que las hermanas viven en estado de clausura. ¿El motivo de la apertura? Los 25 años de esa orden religiosa en la provincia de San Luis.
En el Monasterio de Belén, viven 12 monjas y tres novicias, hermanas de Belén, hijas de San Bruno. En el orden de jerarquía, una priora es quien ejerce el liderazgo. Algunas de las monjas llevan una residencia breve en el lugar, porque con anterioridad han estado en monasterios de España o Francia, donde nació esta orden religiosa.
Los edificios que componen el monasterio están ubicados entre las localidades de Villa de Merlo y Carpintería, al pie de las sierras de los Comechingones. Las integrantes del convento deben vivir aisladas, solas, según mandan sus reglas eremitas. Por eso, habitan su propia casita, que es una ermita (celdas de soledad). Solo una vez al año reciben la visita de su familia.
Como un hecho extraordinario, el Monasterio de Belén organizó las “Jornadas de Puertas Abiertas” para que la comunidad conozca las instalaciones y la forma de vida de las hermanas. Decenas de cientos de personas se acercaron al sitio, donde los carteles indican que allí se cuida el silencio.
Las monjas con sus hábitos blancos y capuchas, junto con las novicias con sus hábitos oscuros fueron las anfitrionas de los visitantes. Ellas, con una sonrisa implacable, fueron por unas horas guías. En grupos de ocho a doce personas, y con la ayuda de algunos colaboradores, las religiosas lideraban a las personas de todas las edades que se acercaron hasta el monasterio.
Comúnmente, la mayoría de las personas que han estado en el Monasterio de Belén conocen el camino que lleva hasta la capilla pública y el edificio donde se ofrecen las artesanías que las propias monjas crean. Si algo caracteriza a la congregación de este monasterio es el arte. Por eso, crean figuras religiosas en piedra. En dolomita. La esculpen, crean un contratipo y un molde, hasta lograr la artesanía. Son joyas de ingeniería. Figuras de la Virgen, del Niño Jesús, de Cristo. Todas llevan la palabra “Belén” estampada.
Para este día de apertura, se permitió a los visitantes ingresar al sector vedado. Se trata de los edificios religiosos ubicados dos kilómetros hacia el este de las sierras de los Comechingones, tomando como referencia la capilla pública. Algunos de los cientos de personas hicieron ese trecho a pie, subiendo la pendiente. Otros eran trasladados en vehículos. En las inmediaciones se ofrecía agua fresca.
Luego una de las monjas guiaba al grupo y explicaba cada sector. Casi todas las religiosas del cenobio tienen un pasado profesional. Licenciadas en derecho, medicina, psicología, ingeniería, informática, química, historia o filosofía. Pero al atravesar los muros del convento, esto desaparece. Nadie pregunta nada. Todas callan. Siempre guardan silencio. Sus verdaderos nombres y apellidos no importan. Adoptan nombres nuevos. Tampoco tiene relevancia su nacionalidad. Para ellas, tan solo importa rezar, obedecer, trabajar y estar en soledad, porque lo esencial para ellas es la contemplación y la oración. Durante la recorrida alguien pregunta:
-¿Pero no hablan con nadie?
-Sí, lo hacemos todo el día: hablamos con Dios – responden.
Se levantan a las cuatro de la madrugada para orar, actividad que desarrollan ininterrumpidamente hasta las ocho. Comen a las nueve de la mañana y se acuestan a los ocho de la tarde. Alternan las plegarias con el estudio bíblico y teológico (le dedican una hora y media) y el trabajo (de cuatro a cinco horas), cuya función es, según el espíritu de la orden, hablar de Dios. “Lo que no digan nuestras palabras que lo digan nuestras artesanías”, es su máxima.
DONDE VIVEN
Las celdas donde están las monjas es un espacio reducido. Allí pasan la mayor parte del día. Su trabajo y su vida, absolutamente individuales, transcurren en su interior. Cada ermita cuenta con un lugar para orar y para trabajar. Otro para dormir, con una pequeña mesa donde comen, un baño y un rincón de estudio. Cada hermana accede a su celda desde su propio patio, respetando así su regla de vida: escuchar a Dios en la soledad y en el silencio. “Su meta es profundizar la individualidad porque cada persona es única para Dios”.
Se dice que el atractivo para resignar todo en la vida e ingresar a la congregación sea el espíritu de independencia que rige a las hermanas de Belén, ya que, salvo rezar, el resto de las actividades las hacen en la completa soledad de sus celdas.
Los visitantes pudieron apreciar las capillas, las cocinas, bibliotecas, y el edificio donde por primera vez esta congregación tuvo presencia al pie de las sierras de los Comechingones. Allí almuerzan las monjas todas juntas el domingo, el único día en que comparten actividades. Escuchan en silencio, siempre en silencio, la palabra de la priora. Ya sea un texto teológico o noticias del Vaticano. Luego, hay cantos, porque el canto es una forma de rezar. “Más fuerte que el rezo hablado”.
Durante las misas, las monjas ocupan un lugar en las sillerías de madera ubicados en los laterales y miran al altar. Es el momento sublime. Luego regresan a sus celdas, donde no tiene nada propio, porque ninguna monja de clausura tiene nada en propiedad. Salvo sus hábitos y lo estrictamente necesario para su aseo personal.
Se dice que el Monasterio de Belén es una parte del cielo ya en la tierra. Por eso, las hermanas están siempre felices. “Son las personas más felices que he visto”, dice una colaboradora de las monjas en el video que fue elaborado para esta conmemoración. La sonrisa permanente de las hermanas parece certificar esas palabras.