Historia

Viernes Santo en el filo de la Sierra

En las décadas del 50 y 60, el mes de abril marcaba en las Sierras Comechingones un pulso de fe que ignoraba las distancias.
sábado 04 de abril de 2026
Viernes Santo en el filo de la Sierra. (Foto: Sergio Escudero)
Viernes Santo en el filo de la Sierra. (Foto: Sergio Escudero)

Por Sergio Escudero.- El Viernes Santo no era solo una conmemoración religiosa; era el punto de encuentro donde el silencio de la altura se transformaba en una comunidad vibrante. El destino era siempre el mismo: el puesto de Don Julián Domínguez, un vecino próspero y profundamente devoto que custodiaba en su hogar un altar sagrado, convertido en el corazón espiritual de las cumbres.
La convergencia de todas las latitudes
Hacia el puesto de Domínguez, situado en el límite con San Luis y cerca del Paso de los Puntanos, fluían feligreses de todos los puntos cardinales. Desde el Sur, el Norte y especialmente desde el Este, las sendas se llenaban de jinetes y caminantes. Familias de apellidos arraigados a la piedra como los Liendo, Cejas, Campero, Albornoz, Álvarez, González, Gómez, Bustos, Sosa y Galán emprendían el viaje.
Incluso desde el Valle, muchos ascendían por las escarpadas cuestas para unirse a los puesteros que vivían a 10 o 15 kilómetros de distancia. La geografía, por un día, dejaba de ser un obstáculo para convertirse en un puente hacia el altar de Don Julián, donde se "velaba el santo" en un clima de respeto y unión que unía a los habitantes de toda la región.
El banquete de la hermandad
La devoción en las alturas se completaba con un banquete que reflejaba la generosidad de la mesa serrana. Don Julián, junto a los vecinos, disponía de lo mejor de sus rebaños para recibir a los peregrinos. El aroma del asado de cordero, cocinado con el ingenio que exige el filo de la sierra, se mezclaba con el de las empanadas caseras preparadas para la ocasión.
Rubén Oviedo, hijo de Albertano Oviedo y Argentina Campero, recuerda esas jornadas como un momento de comunión única. No era solo el alimento; era la palabra compartida y la fe renovada frente al altar, mientras el frío de abril quedaba afuera, vencido por el calor de una cultura viva que encontraba en este rito su identidad más profunda.

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