Análisis político
Entre la fortaleza del poder y el desconcierto democrático
En ese escenario, las palabras que dejó el papa Francisco resuenan hoy como una brújula ética para interpretar el presente. “Si vos querés saber lo que siente un pueblo, andá a la periferia. A las periferias existenciales, no solo las sociales. Andá a los viejos jubilados, a los chicos, a los barrios, a las fábricas, a las universidades, donde se juega el día a día”.
La frase que dejó el papa Francisco no fue solo una reflexión pastoral: fue una definición política profunda. Pronunciada en vida, hoy adquiere una dimensión de legado. Una invitación a mirar la realidad más allá de los discursos de poder, de los indicadores macroeconómicos y de las épicas construidas en redes sociales. También, una advertencia a una dirigencia que parece cada vez más alejada de esas periferias donde se mide, en serio, la calidad de la democracia.
Milei: agenda propia y fortaleza política
Dos años después de haber llegado a la Casa Rosada, Javier Milei gobierna con una marca inconfundible: agenda propia, confrontación permanente y una fortaleza política que no se apoya en el consenso, sino en la debilidad del sistema político tradicional. El Presidente impuso temas, tiempos y lenguaje, corrió a los partidos históricos del centro de la escena y consolidó un liderazgo personalista.
Esa fortaleza no se explica únicamente por el respaldo electoral inicial, sino por una oposición desordenada, fragmentada y sin un horizonte claro. El peronismo discute su identidad y su conducción; el radicalismo, su rol; y los espacios progresistas, su capacidad real de interpelar a una sociedad golpeada por el ajuste, pero también desencantada con la política.
Mientras tanto, las periferias señaladas por Francisco —jubilados, trabajadores precarizados, estudiantes con futuro incierto— aparecen más como variable de ajuste que como prioridad de gestión.
Una oposición que no encuentra el rumbo
La Argentina asiste a un fenómeno inquietante: un oficialismo fuerte en un sistema democrático debilitado por la ausencia de contrapesos eficaces. La oposición no logra construir una alternativa sólida ni un proyecto de país que vuelva a generar expectativas. Predominan las internas, los liderazgos en disputa y una desconexión evidente con la vida cotidiana de la gente.
Cuando la política deja de representar, el riesgo no es solo la apatía social, sino la aceptación pasiva de discursos que relativizan derechos, historia y consensos básicos de la democracia.
Chile y el eco del pasado
La reciente elección de José Antonio Kast como presidente en Chile reabrió un debate que muchos creían saldado en la región. Cuando un dirigente habla de “gobierno militar” para referirse a la dictadura de Augusto Pinochet, no se trata de una elección semántica inocente: es una señal política.
La relativización del terrorismo de Estado, el intento de resignificar dictaduras y la exaltación del orden por sobre los derechos humanos exponen una democracia que empieza a tensionarse desde adentro. Chile, durante años presentado como modelo de transición democrática, hoy refleja las fisuras de una región que aún no termina de resolver su vínculo con la memoria y la justicia.
¿Qué democracia para la región?
La pregunta que atraviesa a la Argentina y a América Latina ya no es solo qué gobiernos se eligen, sino qué tipo de democracia se está dispuesto a sostener. Una democracia vaciada de contenido social, desconectada de las periferias que Francisco invitaba a recorrer, corre el riesgo de convertirse en una formalidad electoral sin alma.
En tiempos de liderazgos fuertes y oposiciones débiles, la democracia no se defiende sola. Se defiende con instituciones sólidas, con memoria activa, con justicia social y con una política que vuelva a caminar los barrios, las fábricas, las universidades y los hogares donde el día a día pesa más que cualquier consigna.
Porque, como dejó planteado el papa Francisco, es en esas periferias donde realmente se siente lo que le pasa a un pueblo. Ignorarlas nunca fue gratis.