Opinión

Identidad o pluralidad: el dilema político que atraviesa a Villa de Merlo

La Villa de Merlo fue construida históricamente por capas superpuestas de migraciones, tonadas, acentos y memorias. Sin embargo, desde el discurso político dominante se insiste en un relato único de identidad que ya no representa ni contiene a todos. Es tiempo de abrir la conversación.
sábado 12 de julio de 2025
Merlo y su dispusta social por la identidad o las identidades.
Merlo y su dispusta social por la identidad o las identidades.

En tiempos de disputa política, pocas palabras son tan invocadas —y tan poco interrogadas— como “identidad”. En Villa de Merlo, el oficialismo local ha convertido ese concepto en una suerte de eslogan emocional, un recurso retórico que busca definir quiénes somos, qué defendemos y cómo debemos vivir. Pero la pregunta que inquieta, y que merece ser planteada sin temor, es otra: ¿quién decide esa identidad? ¿Y a costa de qué otras voces?

Porque Merlo no es uno solo, ni lo fue jamás. La historia misma del pueblo —devenido ciudad turística, nodo cultural y refugio de múltiples procedencias— contradice esa pretensión de unicidad. De los pobladores originarios a los colonos serranos; de los artistas llegados en los años '70 u '80 a los migrantes porteños, cordobeses, puntanos, o de diferentes provincias que encontraron aquí su lugar en el mundo; de quienes nacieron al pie de los Comechingones a quienes trajeron su acento y su fe desde otras geografías: la Villa es una trama de identidades que conviven, a veces en armonía, a veces en tensión. O colisión.

UNA IDEA EN CRISIS

Sin embargo, el relato institucional local insiste tercamente. Y cuando la política adopta una noción cerrada de identidad, corre el riesgo de usarla como frontera simbólica: delimita quién “pertenece” o el canto de sirena: “sentite parte” y quién no, quién puede opinar y quién debe acatar, quién es parte del “nosotros” y quién queda afuera, como visitante crónico, por más décadas que lleve caminando sus calles.

La identidad, en este marco, deja de ser una construcción colectiva para convertirse en una herramienta de poder. Y lo que se presenta como orgullo local —muchas veces legítimo— puede derivar, sin revisión crítica, en un dispositivo excluyente.

MERLO COMO CIUDAD MÚLTIPLE

Frente a esto, es necesario postular otra noción: la de una identidad plural, abierta y en permanente construcción. Una Villa de Merlo multidentitaria, que no niega sus raíces, sino que las enriquece con nuevas presencias. Que puede celebrar la Fiesta de la Dulzura y a la vez organizar una feria de culturas migrantes. Que respeta a sus pioneros, pero también escucha a sus jóvenes. Que admite la diversidad ideológica, cultural, religiosa, generacional y de género como parte constitutiva de su ser colectivo.

Un Merlo así no sería más débil, sino más fuerte. No perdería consistencia, ganaría vitalidad. Porque lo que da profundidad a una comunidad no es su repetición homogénea sino su capacidad de albergar diferencias sin fracturarse.

LA POLÍTICA COMO ESPACIO DE APERTURA

Si hay algo que la política debería hacer —más allá de gestionar o administrar— es abrir sentidos. Proponer una mirada generosa sobre la comunidad. Abandonar la idea de identidad como trinchera y empezar a pensarla como puente. De lo contrario, el riesgo es claro: que la identidad se convierta en un disfraz nostálgico, un emblema de tiempos idealizados que ya no existen, mientras se clausura el presente y se yerra en cuestiones básicas como, por ejemplo, remodelar la plaza Sobremonte y convertirla en una plaza ajena a un pueblo serrano.

Villa de Merlo tiene, en su propio pulso cotidiano, la respuesta: la identidad no es una bandera fija, es una conversación en curso. Y todos, incluso los que llegaron ayer, tienen derecho a participar en ella.

 

Temas de esta nota
¿Que opinión tenés sobre esta nota?