Turismo y ambiente
Pampa del Leoncito abre un debate que también alcanza a Merlo: cuánto promocionar y cuánto proteger
Una camioneta entró en agosto a la Pampa del Leoncito, en San Juan. Recorrió casi dos kilómetros sobre el Barreal Blanco hasta quedar atascada. Detrás quedaron las huellas sobre una planicie protegida, un ambiente singular donde las marcas pueden perdurar durante décadas.
El episodio despertó repudio y pedidos de sanciones. Pero también dejó al descubierto una pregunta menos inmediata y acaso más incómoda: ¿basta con declarar protegido un paisaje para protegerlo?
Ese interrogante recorre el artículo de Josefina Galuchi, antropóloga y becaria doctoral del CONICET y la Administración de Parques Nacionales, publicado en Revista Bordes, de la Universidad Nacional de José C. Paz. El título anticipa el núcleo de su análisis: “Pampa del Leoncito y las áreas protegidas de papel”.
Galuchi propone apartarse por un momento del conductor y mirar el territorio. La Pampa del Leoncito fue declarada patrimonio natural y cultural de San Juan en 2015, pero esa protección legal no trajo consigo un despliegue equivalente de controles. La autora enumera una geografía difícil de custodiar: una enorme extensión, accesos permeables, escasa señalización y ausencia de agentes de vigilancia.
De allí surge el concepto de “áreas protegidas de papel”: territorios amparados por normas y declaraciones que no siempre cuentan con los recursos humanos, financieros y operativos capaces de hacer efectiva esa protección.
PROTEGER Y PROMOCIONAR
La paradoja aparece cuando ese mismo paisaje que necesita resguardo se convierte en una razón para viajar.
La Pampa del Leoncito forma parte de los circuitos turísticos de San Juan. Allí se practica carrovelismo, llegan visitantes para fotografiar el Barreal Blanco y, durante la noche, el cielo se transforma en otro atractivo. A pocos kilómetros, los observatorios y el Parque Nacional El Leoncito alimentan una corriente de turismo astronómico que creció en los últimos años.
Se protege un paisaje por aquello que lo hace excepcional y se promociona esa misma excepcionalidad para que más personas lleguen a conocerlo.
No hay una contradicción inevitable entre ambas cosas. El conflicto aparece cuando el aumento de visitantes corre por delante de los controles, la infraestructura y las reglas necesarias para preservar el lugar que los convoca.
La discusión tiene otra escala en “Los lados B del turismo”, un artículo de los investigadores del CONICET Bárbara Catalano y Nicolás Trivi, también publicado por Bordes. Allí analizan cómo el turismo puede alterar la trama de las ciudades y de los espacios rurales: cambia usos del suelo, atrae capital inmobiliario y hotelero, presiona sobre la vivienda y los espacios públicos y modifica la vida de quienes residen en los destinos.
Los autores recuperan una palabra que empezó a ganar terreno en el debate académico: turistificación. Alude a lugares donde la presencia creciente de visitantes y los negocios asociados al turismo terminan por alterar la dinámica previa del territorio. En sus expresiones más intensas, señalan, aparecen conflictos por los alquileres, los precios, el espacio público y el ambiente.
La alternativa que exploran no consiste en cerrar los destinos ni reservarlos para unos pocos. Ponen la mirada en otras formas de viajar: un turismo más integrado con la cultura del lugar, con vínculos menos fugaces y con comunidades que tengan voz sobre el territorio que habitan. TURISMO Y AMBIENTE
EL ESPEJO DE MERLO
Pampa del Leoncito está a cientos de kilómetros. La discusión, en cambio, resulta familiar.
Villa de Merlo y la Costa de los Comechingones construyeron buena parte de su identidad turística alrededor de las sierras, los arroyos, el monte nativo, los senderos, las reservas y las quebradas. El paisaje no es el decorado del turismo: es una parte central de aquello que se ofrece.
Y esa relación se vuelve especialmente visible en los momentos de mayor afluencia. Más personas recorren senderos y caminos serranos, llegan en vehículos a zonas naturales, buscan acceder a arroyos y miradores y se concentran en espacios cuya capacidad física no aumenta al mismo ritmo que la cantidad de visitantes.
En Merlo, además, la discusión ambiental excede al turista. El crecimiento urbano avanza sobre un territorio donde conviven áreas residenciales, monte nativo, corredores naturales y el faldeo serrano. Turismo, urbanización y conservación terminan así compartiendo una misma pregunta: qué puede soportar el territorio y quién establece sus límites.
No se trata de dejar de promocionar Merlo. Precisamente porque la naturaleza constituye uno de sus principales atractivos, protegerla también forma parte de la política turística.
El episodio de Pampa del Leoncito puede parecer apenas la historia de una camioneta donde nunca debió estar. Mirado desde este lado de las sierras, deja una pregunta bastante más cercana: cómo invitar a descubrir un paisaje sin consumir, en ese intento, aquello que lo vuelve único.