Entre la memoria, la crisis y la vida cotidiana
Hace tiempo que no río como hace tiempo… y eso que yo reía como un jilguero
El título de esta editorial toma un verso de la canción Sobreviviendo, del cantautor argentino Víctor Heredia, una frase que con el paso del tiempo parece describir con sorprendente precisión el estado de ánimo de muchos argentinos.
Hace tiempo que no río como hace tiempo. Y eso que yo reía como un jilguero.
No es solo una frase. Es también una forma de describir el clima que se respira en la Argentina de estos días. La economía aprieta, los precios suben con una velocidad que parece ir siempre un paso adelante de los salarios, y el esfuerzo cotidiano de millones de personas se vuelve una carrera permanente contra la pérdida del poder adquisitivo. Trabajar ya no garantiza tranquilidad. Cobrar el sueldo se parece más a recibir un respiro corto que a una solución.
En muchos hogares las cuentas se hacen con calculadora y con angustia. Se estira la comida, se posterga una compra, se vuelve a pensar dos veces antes de salir o de darse un gusto. No es una queja aislada: es una conversación que se repite en la fila del supermercado, en la mesa familiar, o en una reunión con amigos.
La Argentina ha vivido crisis antes, es cierto. Pero cada crisis deja marcas nuevas. Y en este tiempo, además del bolsillo, parece haberse desgastado algo más difícil de medir: el ánimo colectivo. Esa energía social que permite imaginar que las cosas pueden mejorar.
Como si fuera poco, marzo también trae consigo una fecha que interpela a la memoria de todos. Este 24 de marzo se cumplen cincuenta años del golpe militar que abrió uno de los capítulos más oscuros de nuestra historia. Medio siglo de distancia no alcanza para que el tema pierda vigencia. Al contrario: recordar sigue siendo una forma de defender la democracia, de entender de dónde venimos y de reafirmar que nunca más la violencia y el autoritarismo pueden ser un camino.
Los países, como las personas, también construyen su identidad a partir de sus recuerdos. Y a veces, mirar hacia atrás ayuda a entender mejor el presente.
Pero la vida —caprichosa como es— no se detiene en los grandes acontecimientos. También golpea en lo íntimo. Esta semana se murió un amigo. Y cuando un amigo se va, el mundo se vuelve un poco más chico. Se apagan conversaciones pendientes, se cierran historias que creíamos interminables y aparece esa sensación incómoda de que el tiempo, en realidad, pasa más rápido de lo que uno quisiera.
La muerte de alguien cercano siempre obliga a hacer una pausa. A pensar en lo que importa de verdad. En las risas compartidas, en las charlas largas, en los momentos simples que en su momento parecían cotidianos y después se vuelven irrepetibles.
Quizás por eso este domingo tenga un tono distinto. Porque el país duele un poco, el bolsillo aprieta bastante y la ausencia de un amigo pesa más de lo que uno esperaba.
Y sin embargo, algo queda.
Queda la memoria.
Queda la esperanza —aunque a veces sea pequeña— de que las cosas pueden mejorar.
Queda la certeza de que incluso en los tiempos difíciles la vida encuentra formas de seguir.
Tal vez algún día volvamos a reír como antes. Como cuando reíamos sin pensar demasiado en el precio del pan o en el valor del dólar. Como cuando el futuro parecía un lugar más sencillo de imaginar.
Tal vez volvamos a reír como jilgueros.
Porque si algo ha demostrado la Argentina a lo largo de su historia es que, incluso después de los momentos más duros, siempre aparece una nueva oportunidad para empezar otra vez.