2026-01-17

Nono

Canciones, cerveza y silencio: el Bocha en Traslasierra

A diecisiete eneros de su muerte, Alejandro “el Bocha” Sokol sigue convocando un ritual íntimo y conmovedor en el Valle de Traslasierra. Guitarras apoyadas en la tierra, latas de cerveza y largos silencios confirman que su voz —forjada en Sumo y Las Pelotas— permanece viva en la memoria colectiva del rock argentino.

Por estos días de enero hay un desfile manso y respetuoso hacia el fondo del Cementerio de la Colina, en Nono, en pleno Valle de Traslasierra. No hay carteles ni convocatorias formales, pero sí una certeza compartida: allí descansa Alejandro “el Bocha” Sokol, y hasta allí llegan personas de distintos puntos del país —muchas desde Buenos Aires, otras desde localidades turísticas cercanas— para pasar unos minutos con él.

Algunos apoyan una guitarra sobre la lápida y se animan a tocar Cría de lobos, En el andén, El cazador, Flores negras. Otros dejan una lata de cerveza, se quedan en silencio o simplemente miran. No hay solemnidad impostada: hay cercanía. Como si el Bocha siguiera siendo ese tipo accesible, de barrio, que nunca levantó distancia entre el escenario y la vereda.

Si la música que hizo con Sumo, con Las Pelotas o con El Vuelto sigue sonando nítida en tantos oídos, si su voz todavía acompaña viajes, despedidas y encuentros, entonces la muerte parece apenas un dato biográfico. Sokol nació en Hurlingham el 30 de enero de 1960 y murió el 12 de enero de 2009, en Río Cuarto, mientras esperaba un colectivo para ir a visitar a su hija. Enero otra vez, como ahora, marcando un extraño ritual de regresos.

La escena en el cementerio del pueblo que eligió para vivir —junto al cercano paraje de Las Calles— conmueve por su sencillez. No es un santuario oficial ni un paseo turístico: es un punto de encuentro emocional. Y como suele ocurrir cuando se habla del Bocha, las imágenes disparan anécdotas.

Una de ellas remite a una gira con Las Pelotas por el interior del país. Tras un show, Sokol salió a la puerta del hotel para charlar con los fans y sacarse fotos. Vio a uno que había llegado en moto, le preguntó si era suya y, ante la respuesta afirmativa, le pidió que lo llevara a dar una vuelta para conocer la ciudad. Minutos después, el cantante recorría calles desconocidas como acompañante, seguido por otros motociclistas improvisados. Nada de backstage ni custodios: pura curiosidad y calle.

Ese espíritu explica por qué Gastón Calvo escribió alguna vez para Infobae que Sokol “cantaba, tocaba la guitarra, el bajo y la batería, pero fundamentalmente era un tipo de barrio, con códigos de barrio”. La definición encaja también en recuerdos más grandilocuentes, como los que evocó el trompetista Marcelo “Gillespi” Rodríguez sobre los shows de apertura de los Rolling Stones en River.

“Lo vivimos con una normalidad increíble”, contó Gillespi. Mientras todo el país hablaba de los Stones, Las Pelotas subían al escenario como si tocaran en un club de Berazategui. El Bocha, fiel a su naturaleza, se apropió de la pasarela de Mick Jagger en el primer show, esquivó a la seguridad y rompió todas las reglas. En el segundo recital, ya estaba compartiendo un fernet con ellos. La foto existe y circula todavía por las redes.

Tampoco hubo rencores cuando dejó Sumo en 1984. “Si no me iba, me moría”, dijo alguna vez. Aun así, el vínculo quedó intacto: Luca Prodan lo despidió con una frase que terminó siendo consagratoria: “Alejandro, vos sos un Sumo”. Y cuando la banda volvió a reunirse en 2007 para el Quilmes Rock, Sokol fue la voz principal, pese a llevar dos décadas fuera del grupo que luego se dividiría en Las Pelotas y Divididos.

Con Las Pelotas, la despedida también fue sin estridencias. Agradecido, consciente de lo aprendido, el Bocha inició otro camino mientras buscaba ayuda para tratar sus adicciones y se volcaba a El Vuelto, el proyecto que compartía con su hijo Ismael. Planeaba lanzar un disco en marzo de 2009. No llegó: la muerte lo sorprendió en un andén, un mes antes. Tenía 49 años.

Las escenas de este enero en Nono parecen confirmar la mirada de Isaac Castro, autor del libro Alejandro Sokol. El cazador, quien eligió rescatar la creatividad y el valor artístico del músico antes que reducirlo a una vida al límite. Quienes se acercan a su tumba no van a buscar morbo ni tragedia: van a agradecer canciones.

Parte de estas historias y testimonios fueron recuperados de crónicas publicadas por eldiariocba.com.ar, que supieron narrar al Bocha desde ese lugar íntimo donde el artista y la persona se confunden. Tal vez por eso, año tras año, Alejandro Sokol no está solo. En enero, como siempre, vuelve a cantar acompañado.

 

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